Escuelita barrial Zoar: el lugar en el mundo.

escuelita barrial Zoar

Desde hace dos años y medio funciona en villa Kindgren el merendero Zoar que atiende a más de setenta chicos del barrio.

Entrevista a Lorena Gomez y Miguel Da Silva.

Sostenido a pulmón y sin más aporte que la solidaridad de algunos, Lorena y su esposo Miguel son dos luchadores que dedican tiempo, amor y contención a los niños y adolescentes que asisten, generando una mirada diferente de la realidad en la que viven.

¿Cómo surge la idea de hacer el merendero?

Lorena: -Lo empezaron gente de afuera, vinieron y abrieron el merendero. Estuvieron algunas semanas y después se fueron. Fue entonces que con Miguel nos pusimos a pensar, que iba a pasar con esos chicos que venían a tomar su taza de leche. Él fue quien tomó la decisión de continuar, que mientras él pudiera no iba a dejar que los chicos del barrio se queden sin su merienda. El amor y el cariño que le tenemos a los chicos es lo que nos hizo continuar, y también el esfuerzo de mi marido.

¿Cómo sostienen económicamente el merendero?

Lorena: -El merendero se sostiene con el trabajo de Miguel; él es albañil y de lo que gana se saca para comprar la leche, las cosas para hacer algo dulce, una factura, el pan para compartir entre todos. Tratamos de administrarnos lo mejor posible para mantener nuestra casa con todos los gastos y también comprar todo lo necesario para el merendero.

¿Reciben apoyo de alguien? ¿Alguna entidad o institución que aporte?

Lorena: -No. Solo cuando hay alguna persona que escucha o se entera del funcionamiento del merendero y realiza alguna donación. Por ejemplo hay un señor que hizo un aporte importante haciéndonos llegar harina, azúcar, leche y gracias a eso el merendero abre ahora tres veces por semana, lunes, miércoles y los sábados como siempre.

¿Cuántos chicos asisten al merendero?

Miguel: -Ahora vienen 73 chicos entre 1 y 16 años.

Además de recibir la merienda, ¿los chicos aprenden cosas acá?

Lorena: -Si trabajamos de diferentes maneras con ellos. Yo asisto a la iglesia evangélica y soy maestra de escuelita barrial, así que les enseñamos religión, valores, trabajamos con textos bíblicos, cuentos, ellos dibujan, escriben, leen. En fechas especiales hacemos trabajitos como para el día de la madre, día del padre y todos colaboran. Pintan, recortan, etcétera. Todo lo que hacemos es con mucho amor, tratamos de contener a los chicos, de apoyarlos, de animarlos, darles todo el afecto posible, del cual muchas veces carecen en sus casas. Formamos una gran familia con todos los chicos del barrio, yo siempre digo que tengo 75 hijos (risas).

¿Qué ocurre con el merendero cuando escasean los ingresos de Miguel, cuando no puede trabajar?

Lorena: -Y el merendero tiene que abrir sí o sí, de algún lado tiene que salir. O pido prestado y devuelvo cuando Miguel trabaja. Cuando tiene mucho trabajo compramos más cosas para que no falten cuando hay poco ingreso; pero no puede pasar un sábado con el merendero cerrado, esa es una meta que nos propusimos con mi marido y vamos a seguir hasta que Dios nos deje.

Miguel: -Yo pasé por cosas muy difíciles en mi infancia, muchas miserias y no quiero ni que mis hijos pasen por lo mismo, ni los chicos que asisten al merendero, que vienen a tomarse una taza de leche y se terminan llevando una cuotita de afecto, de contención, de amor. Con una mirada sabemos lo que al chico le pasa; y poder estar en esta etapa; que sabemos no vuelve nunca más, no tiene precio, es algo que no se compra con dinero.

¿Hay otras personas que colaboren con el trabajo del merendero?

Lorena: -Tengo dos compañeras que ayudan, Leonela Antúnez y Cecilia Ventura, son quienes ayudan a servir a los chicos, a dar las clases y tantas otras cosas. También viene todos los viernes a la mañana una docente que les da clases de apoyo a los chicos. Siempre que haya alguien que quiere hacer algo por los chicos yo les abro las puertas, todo sea por ellos, porque como le digo siempre a Miguel, los chicos tienen un lugar importante en mi corazón.

Miguel: – Siempre es bienvenido el que quiera colaborar, con una caja de leche, un saquito de té, aunque lo que más nos importa es poder brindarles educación, cariño y contención. Son chicos muy humildes, y cada uno carga con una historia muy fuerte. La taza de leche y la medialuna es la excusa justa para que cada sábado éstos chicos encuentren su lugar en el mundo.

Pese a las dificultades que enfrentan diariamente, Lorena y Miguel demuestran constantemente su espíritu de lucha y la gran capacidad para superar esos obstáculos. Con el amor y la contención que le brindan a los chicos del barrio, realizan una importante labor social de la que quizás aún no conocen la verdadera magnitud. Intentan cada día y a través del ejemplo proporcionar a esos chicos, al barrio y a la comunidad, una alternativa de realidad distinta donde la solidaridad y el amor hacia los demás son la base de todo y constituyen el primer paso que puede llevar a construir una sociedad diferente.

Por Tamara Acosta.