LA AVENIDA PERPETUA

guada 1

(Perros Viajeros) “Aunque el aire no sepa qué ocurre, el viento se lleva lo que acontece”.

LA AVENIDA PERPETUA 

(Perros Viajeros) “Aunque el aire no sepa qué ocurre, el viento se lleva lo que acontece”. 

El martes a las siete de la mañana sin pensar en nada especial salimos a caminar por Oberá, los cuatro; Emiliano, Nelson, Pablo y yo.

Sabía que no estaban acá, la distancia existía; físicamente entre nosotros, y espiritualmente entre ellos. Nunca lo habría imaginado, quizás no entendía el hecho, o al menos de manera consciente nunca me lo había planteado. A la luz de la realidad era casi imposible que este acontecimiento pudiera darse alguna vez, por razones lógicas de nuestros contextos particulares de vida. Alguna vez supuse que a medida que fueran transcurriendo los años, esta minúscula posibilidad de encuentro se iría desvaneciendo, así como se pierden poco a poco los detalles en nuestras memorias; alegrías, tristezas, emociones, y empezamos a morir esa persona que fuimos, trivialidades vividas que en esos momentos tal vez fueron importantes o tal vez no, pero luego sí.

Recuerdo las vigilias, eternas vigilias; noches de poesías y filosofías inconclusas; y con nosotros, Rimbaud, Verlaine, Celine, Dostoyevsky, Hemingway… y nuestros perros callejeros que sin entender, llevaban sus nombres. Y   la plaza de Magdalena y el Rock and Roll y las calles atestadas de sapos.

El martes a las siete de la mañana, sin pensar en nada especial salimos a caminar, los cuatro; Emiliano, Nelson, Pablo y yo. Hablábamos de música y de poesía, no nos importaba el tiempo, ni el entorno, estábamos   rodeados de cierto aire místico que nos tornaba inmunes a los embates de violencia que pudieran surgir de los albures de la calle. Sabía que, para ellos como para mí esta acción de caminar era un mero trámite que nos llevaría a ese lugar que nunca supimos que existiría en nuestro juego, y tampoco queríamos que así sea. El tiempo puede ser el primer enemigo de la  felicidad; quizá por este motivo tratábamos de ignorarlo en la medida que nos fuera posible. En la calle había pozos, pozos minúsculos que a la vista eran inofensivos pero para nosotros el pisarlos regularmente podía llegar a ser fatal,  esos pequeños pozos derrumbaban poco a poco nuestras fuerzas;  y nuestras almas eran su alimento preferido. Paulatinamente, a lo largo del camino y en tanto transcurrían las horas, dejamos de hablar. De vez en cuando mirábamos a los costados como percatándonos de que los otros aún seguían estando ahí. La avenida –estaba- ancha y larga; estos irrelevantes detalles se destacaban ahora   por la ausencia de gente en ella. El cansancio nos habría los ojos a esa otra realidad. Ninguno de nosotros tenía idea del tiempo que llevábamos caminando. Aprovechando una de las escasas oportunidades de ver a una persona, quise saber ese dato; entonces pregunté a un hombre que pasaba:

— ¿Podría decirme qué día es?

— Qué hora querrás decir.

— No señor, que día.

— Viernes, muchacho.

Empezó a dolerme un poco la planta del pie; era viernes e íbamos por el cuarto día de marcha sin interrupciones. Ya ninguno conversaba, solo nos mirábamos de vez en cuando y sonreíamos solícitamente, como si esta actitud fuera una prueba de que todo estaba en perfecto orden; que nada malo ocurría, ni nada malo ocurriría. Los pozos estaban presentes en todo lo ancho y lo largo de la calle; eran muy pequeños e incontables, debido a esta característica se hacía imposible evitar pisarlos aunque hiciéramos grandes esfuerzos.

A medida que la hora transcurría; el sol, que derramaba sin compasión sus latosos rayos sobre el asfalto magullado, se tornaba infernal y la sensación en las piernas era la de estar llevando el doble de nuestro peso. La sed se hacía presente en  el  brillo de  nuestros  ojos  y en  los  pequeños  ríos de agua salada que recorrían  los surcos de  nuestras caras extasiadas. Entendíamos lo que estaba pasando, pero no nos inmutábamos. Debíamos seguir; la vida no nos llamó a ser cobardes. Sentía gozo a pesar de no entender la marcha del tiempo. La marcha, las situaciones y consecuencias. Miré a mi derecha, donde caminaba Emiliano; su rostro estaba pálido, sus ojos manifestaban una extraña preocupación; de repente empezó a acelerar el paso, sin mirar hacia atrás; sentí que quería llamarlo, pero no tenía fuerzas, miré a Pablo y Nelson y  caminaban encorvados, con las manos rozando el suelo, y los rostros casi apoyados en sus vientres. Miré mis pies y estaban desnudos, el suelo ardía, pero no sentía dolor. Me invadió un extrañísimo deseo de verme el ombligo, agaché lentamente la cabeza hasta el medio de mi cuerpo y me alegré al verlo ileso. Noté que tenía los brazos colgados hasta el pavimento.

— Como ellos… Pensé y quise levantar la cabeza. Cuando lo hice vi a los tres que, indiferentes caminaban muy por delante de mi posición, al parecer lo hacían con gran esfuerzo; atravesaban la calle de un lado a otro, con las piernas flameantes. Los cuerpos ahora se tornaban anémicos a través de la distancia. El sol los castigaba con su duro látigo, y su cómplice la ardiente avenida, chasqueaba su lengua como una hiena sedienta de sangre. La lengua era el asfalto y su garganta el infinito. La hiena intentaba tragarlos.  La hiena los tragaba.

Ahora corrían desordenadamente hacia adelante y comenzaban a perderse en la distancia. Quise gritar pero no pude, la voz se enmarañaba en mi garganta como un insecto en una gigantesca tela de araña. Nelson, Emiliano y Pablo eran puntos que se movían incoherentemente en el cínico horizonte de la avenida perpetua. Ellos eran prisioneros de la distancia -O quizás yo. Acaso todos.

Tomé fuerzas y con la voz llena de esperanzas alcancé a gritar;

— ¡Muchachos, no se vayan! Pero ya era tarde.

La última vez que los vi, la gran boca gris los engullía con desaforada insolencia, a pesar de la voluntad que advertí de los “puntitos” por volver (esfuerzo que se reflejaba en las apariciones -por segundos- de ojos, o manos groseramente  grandes, que se acercaban y alejaban sobre la superficie del páramo,  como un  desesperado  último intento por regresar).  De pronto una voz que como un eco brotaba desde el final de la avenida, final que aún no podía distinguir, pero sí sabía que estaba allá adelante; contestó;   — No. Aníbal, vos te fuiste.

Y entonces vi que alguien se acercaba; una figura pálida, casi transparente, fluctuaba como una alucinación en el desierto de tormento; flotó un par de metros y luego se irguió ante mi demacrada presencia.

— ¿vos también? Alcancé a vociferar.

— En realidad…  yo tampoco.

— ¿Pero, por qué?

— Ya tendrías que darte cuenta de cómo son las cosas. Nadie se queda; nunca, ¡nunca!

(Sentencia que a esta altura no me conmovía)

Entonces, desde el alma sentí que dolorosamente se acercaba; así como el silencio se aproxima caminando por las tardes para reinar en la noche de la ciudad. Como la muerte se desliza por la espiral de la vida hacia nosotros. Como la soledad toca a la puerta del que se cansó de salir a buscar. Una lágrima,  me recorrió el corazón de punta a punta, desgarrando la carne desembocó en mi rostro despacio,  muy despacio atravesó el aire y se estrelló casi apócrifamente contra  el  violento  fuego que brotaba  de la  superficie del  desgastado asfalto,  para  evaporarse y desaparecer en el aire. Como ellos  y mis fuerzas.

Incliné la cabeza, me senté en un pequeño muro, tomé mi corazón con las dos manos y lo apreté muy fuerte. Observé la iridiscencia que formaba una mancha de aceite derramada en el suelo y percibí en su arco iris sucio el mutismo que engendró el fin de la jornada. Me cubrí el rostro con las manos, apoyé los codos sobre las rodillas cansadas. ¿Por qué duele tanto? — Pensé.

Todos los martes a las siete de la mañana, sin pensar en nada especial salimos a caminar los cuatro; Emiliano, Nelson, Pablo y yo.

Y un cachorro hambriento de la hiena, espera; observando nuestros pasos, desde el fin de la avenida.

Autor: Anibal De Grecia / Foto: Solana Guadalupe.