Relato de un tarefero en el yerbal del lento progreso.

tarefero

Adolfo quería reír y no podía. Una y otra vez lo intentaba y por más que le ponía todas las ganas, ninguna sonrisa se hacía presente en su áspero rostro.

Nació en Guaraní, pero durante su corta vida, el laborioso trabajo en la tarefa lo llevó a recorrer toda la provincia; nunca visitó las cataratas, la recorrió por lugares menos bellos. Adolfo, a pesar de tener 28 años, aparenta el doble; tiene el rostro apagado, las manos desgarradas, la cintura enferma y el espíritu decaído.

“Desde gurisito correteaba por los yerbales y supe aprender cada secreto del monte, las leyendas litoraleñas, el canto misionero y el sapucay desde bien adentro. Aprendí a alimentarme de lo que había por ahí; ¡cómo me ponía feliz cuando encontraba las frutas en el monte!, pitanga, guayaba, araticú, güembé.

Crecí rodeado de mi familia. Todo se compartía; la chipa amasada, el reviro, y cuando se podía pan. Siempre acompañado de un buen mate cocido porque otra cosa no había. Somos siete hermanos y compartíamos todo, además era lo único que conocíamos”.

Lamentablemente Adolfo no pudo acceder a la educación pública. Corría el año 1994 y la situación para el sector no era la mejor. Iba muy de vez en cuando a la escuela, cuando la familia estaba en el rancho, el resto del mes se la pasaba de chacra en chacra acompañando a sus padres quienes no tenían otra salida, más que trabajar de sol a sol.

Aunque todo eso quedó atrás, la vida no mejoró demasiado; quizás porque la falta de ideales no le permitió tener otra visión de futuro y porque la inclusión que pregonaba la televisión era para otros. La cuestión es que el pequeño Adolfo tuvo que arreglárseles como podía ese verano del 2006 cuando su mujer quedó embarazada. La vida se reproduce; la naturaleza ordena.

“Sobre mi lomo tenía muchas responsabilidades ya que las supe aceptar y cumplir, ¡porque siempre tuve los valores bien abonados! La situación económica era muy inestable, como hasta hoy; pero era mucho más en aquella época. Había mucha plata, pero no para nosotros los tareferos.

¡Como trabajé aquel año che!, a la madrugada salía al yerbal. En un camión viejo iba yo y la muchachada, todos amontonados, en las peores condiciones de transporte, a la intemperie, como ganado. Pero íbamos contentos, contando historias y anécdotas, agradecidos por que había trabajo.

Llegabamos todos, con la mercadería para la semana, muy lejos de nuestras casas. Ahí armábamos unas carpas de plástico con maderas que encontrábamos por ahí; dispuestos a laburar en el yerbal. Mis manos estaban ásperas; con callos, llagas y un dolor que ni te cuento. Con cada raído que levantaba, mi cuerpo temblaba; los músculos tensos hacían ruidos; los huesos apenas soportaban esos 100 kilos que llevaba sobre mi espalda por un largo trecho. Y otra vez volvía a la línea de plantas, porque siempre siempre hay que cosechar más y más. 

Y así es la cosa; pero con el espíritu intacto y la familia unida”.

El sistema de transporte a los yerbales, al igual que todas las demás condiciones, tampoco mejora; está intactamente deplorable.

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El día lunes 17 de junio de 2013, Misiones pudo hacerse cargo de la realidad que mostró su lado más hostil; un viejo camión perdió el control con un grupo de tareferos en su carrocería, sin ningún tipo de medida de seguridad, donde murieron varios y otros tantos resultaron heridos; dejando al descubierto la falta de compromiso y responsabilidad de los gobernantes, empresarios y demás actores de la cadena yerbatera que nunca se hicieron cargo de la realidad: Trabajo infantil, falta de obra social, condiciones de trabajo infrahumanas; todo en el mismo nivel de corrupción, mediocridad y falta de respeto por la dignidad de los trabajadores.

Quise recordar esta situación  y asociarlo con la realidad de Adolfo para contextualizar una de las tantas miserias que vienen atravesando estos trabajadores del yerbal de lento progreso.

El trabajo informal, la discriminación, las viviendas precarias, la mala alimentación y falta de servicios son apenas algunas más de las tantas consecuencias que sufren hasta hoy los tareferos.

Hoy, Adolfo aún no puede sonreír, por más que los anuncios políticos proclamen maravillas, la realidad parece reacia al cambio. Actualmente los tareferos se encuentran en etapa de recesión a causa de la falta de cosecha; si bien reciben alimentos esporádicamente, la entrega de estos se realiza en una de las peores condiciones de trato hacia un ser humano; poniéndolo en una situación de humillación aberrante por parte de quienes manejan estos recursos. Jornadas bajo el sol o la lluvia, destrato continuo y estado de vulnerabilidad constante a quienes deberían ser tomados como ejemplo en la sociedad y tratados con el reconocimiento que se merecen.

Hoy los cosecheros reclaman trabajo genuino, subsidio interzafra para todos, que ingresen los recibos de sueldo, la asignación familiar y el subsidio madre de 7 hijos; la devolución de las asignaciones familiares retenidas; tarjetas sociales con monto digno; viviendas populares; aplicación de la ley de corresponsabilidad gremial para el blanqueo; estatuto del peón rural; aumento de la próxima cosecha, entre tantas otras cuestiones; poniendo en evidencia la falta de concreciones a este tan marginado sector.

Adolfo, uno de los tantos cosecheros, solo espera algún día poder sonreír y que el trabajo que realiza sea mejor valorado, mejor remunerado y más humanizado; teniendo en cuenta lo imprescindible que resulta la cosecha del producto madre misionero.

Por Joselo Riedel. 

Fotografía: Yonathan Adamchuk